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La familia en el

corazón de Dios

Parecería que uno de los efectos más devastadores del "postmodernismo" es el deterioro de la familia como la institución primera y necesaria. A cada uno de nosotros, como ciudadanos del Reino de Dios, no nos debería sorprender que el enemigo de nuestras almas renueve y actualice sus estrategias para destruir la más grande de las creaciones Divinas que es la familia (Juan 10:10).

Ante esta acuciante realidad que se intensifica cuando aún en nuestros ministerios tenemos que lidiar con situaciones de adulterio, inmoralidad sexual, intercambio de funciones maritales, falta de liderazgo masculino y cosas semejantes, nos preguntamos: ¿Qué podemos hacer para levantar en alto el valor de la familia en este tiempo y en esta generación?

Permítanme, amados lectores, proponerles algunos pasos para fortalecer los vínculos familiares y alinearnos al corazón de Dios.

En primer lugar, debemos enseñar pautas bíblicas de vida familiar. Si nuestros hijos y las nuevas generaciones de creyentes no son enseñados en la Palabra de Dios con respecto al valor familia, esa enseñanza la harán los medios de comunicación con su carga de paganismo, hedonismo y humanismo ateo que solo producirán mayor deterioro y mayor frustración.

En segundo lugar debemos prevenir sobre situaciones que pueden herir el tejido familiar. La "medicina preventiva" en materia familiar, que es el resultado de –en algunos casos– las experiencias que otros vivieron y que produjeron caídas morales, puede servirnos para no conducirnos de la misma manera y para evitar posibilidades de error que traigan consecuencias negativas. El rol preventivo es un rol profético y hay que utilizarlo.  

En tercer lugar debemos valorar a la familia, dándole el honor que el mismo Señor le da. Esa valorización incluye la acción de gracias, el reconocimiento público, el hablar públicamente de nuestras familias, el señalar permanentemente sus virtudes y callar sus defectos. 

En este mismo sentido, en cuarto lugar, tenemos que cuidar a nuestra familia. No decimos nada nuevo si afirmamos que la familia está bajo el más feroz de los ataques que nos podamos imaginar. Prueba de esto es que en nuestras congregaciones, cualquiera sean sus características, sean renovadas o conservadoras, tienen entre sus miembros del 300 % al 400 % más de divorcios y separaciones que hace 20 años atrás. Debemos poner atención en cuidar el bien más preciado que Dios ha colocado aquí en la tierra.

Finalmente y aunque parezca el paso más impopular en estos tiempos, debemos corregir o corregirnos. La palabra de Dios no deja duda sobre la necesidad de aplicar corrección y, déjenme decirlo, disciplina en el ambiente familiar. Por supuesto que no estoy hablando de violencia ni de nada semejante, pero sí de la actitud de corregir lo que es deficiente. Sin corrección ni disciplina en el hogar sufriremos las consecuencias de una generación fracasada y frustrada. No nos olvidemos que estas pautas también debemos aplicarlas a la familia de Dios que es la Iglesia. 

En Cristo podemos transformar la realidad familiar con la convicción de que Dios sigue amando a la familia.

  

                                                         Néstor Golluscio, presidente de la Confederación Evangélica Bautista.

                                                          


 

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CJM. 2009